Barreras (Hasier Larretxea)(Reseña).

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En algunos momentos leer es reflejarse ante el espejo. Contemplar las arrugas del rostro, observar las cicatrices de la infancia o la distancia con el cristal de los recuerdos. Diminutas, hirientes, bucólicas, sólidas, frecuentes barreras con las que nos hemos ido topando. Las que dan sentido a la vida, las que dejan secuelas, las que nos hacen ser y las que nos persiguen de manera vital.

La palabra, hecha poesía, es la pértiga que emplea Hasier Larretxea para saltar estas barreras. Para dejar una huella líquida en el tiempo. Para continuar hacia adelante.

Cada barrera es una contractura que hiere en el abismo de la coherencia. Una lucha continua que nos balancea. En cada extremo del eje se contraponen los opuestos: la urbe frente a lo rural, el eterno combate de la memoria y el olvido, amores-odios, realidad y destino. Todos ellos tan próximos como la piel donde se instalan. Cada uno con una cadencia, con el dulce ritmo de la escritura, y con la música, creadora de emociones, que los permeabiliza. Porque el poeta la tiene siempre presente en su vida, en sus versos.

“La libertad es abandonar en pocos segundos todo lo que te rodea y comenzar una nueva vida. Tener la oportunidad de hacerlo sin saber a dónde ir, ni qué hacer”, nos decía Hasier en su anterior poemario. Una vida sin ataduras, libre para expresarse, para ejercer la denuncia social, abrir el alma y escapar al prejuicio del necio.

Hasier se fractura en varios, se atreve con el aforismo, la brevedad o el poema extenso. Poesía que invita a la reflexión. Poesía auténtica. “No hay necesidad de gritar para que nos entiendan” pero sus versos alzan la voz sobre los convencionalismos. Se enfrenta a la vida y a la poesía, de manera amable. Es valiente. Da la cara.

LA POESÍA
no dejará de ser
otra contractura,
pubis,
escáner,
piel reseca,
circunstancia,
cuando este aire que respiramos
no sea el mismo.

EL SONIDO del cencerro
marca las horas del día.

Hasta que las campanas de la iglesia rompen
la apacibilidad del pueblo,
en el lugar donde ni el viento se atreve.

CUANDO UNO tiene mucho que decir,
aprende a callar.

NO SOMOS nosotros los que envejecemos.

Son las sombras
que no nos siguieron.

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  1. Hassier Larretxea (Arraioz, Valle del Baztán, Navarra). Ha publicado Azken bala/La última bala (Point de Lunettes, 2008), y Atakak (Alberdania, 2011). Es coordinador de la revista Koult. Reside en Madrid.

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