Hotel para erizos (Guadalupe Grande)(Reseña).

  

“qué palabra no es una onomatopeya indescifrable,

una persecución en la sombra”

Todo nuestras palabras habitan en un estado de provisionalidad denominado tiempo. El lenguaje, azotado por el tiempo, deja atrás palabras como recuerdos, es un grito del presente, una sugerencia para el futuro.

Un hotel es un refugio de lo provisional: los recuerdos, la juventud, las guerras, la inmortalidad, el deseo, el hambre o la sed, todos es provisional hasta que el tiempo y las circunstancias deciden cambiar.

Los oníricos y extensos versos de Guadalupe otorgan la cualidad de himno al poemario. Nada más épico que el tiempo presente, el que está por llegar, también el que nunca llegará. En este hotel, el pasado no se quedará mucho tiempo.

UN TÉ SIN ESTRATEGIA

Ella dice en la puerta del bar:

-no puede suceder esto

Y él contesta:

-ante el paroxismo de la guerra, la deserción es el único 

acto de dignidad.

Ahí está, mirando las trincheras, y se pregunta cómo un 

surco llega a ser surco, y cómo donde hubo vides

ahora hay muertos, cadáveres ciervos esperando 

la azada caritativa.

Y él piensa, siempre sucede lo mismo, siempre cuando el dedo

de tiza bajo la ecuación del amo dibuja la implacable

cerradura de la puerta.

 Y ella se dice, tiene razón. No, nunca, imposible detrás de 

toda sombra y toda luz. Sí, sí, ya sé, tal vez solo reflejos en

el opaco telón que gira o el fruto crepuscular con la simiente 

del luto o las manos de los niños en el muro del olvido o la

linterna de agua y su imaginación de aceite. Pero no, 

imposible caminar con una vela encendidas por un campo

de batalla.

Una batalla, una cerradura, un gesto de beligerancia en el 

tedio que alcanza el ala del Ángel exterminador, la mano amputada,

el cormorán ardiendo en el mar, los números grabados en el vacío

de la piel, su gemela oquedad en el arca pecuniaria de la avaricia,

los túneles que no sirven para escapar, y el hambre sin hambre

y la sed sin sed, y él hambre sin sed. Y viceversa.

Vuelve a la mesa del bar,

-perdón, podría traerme un té, por favor.

Gira el agua caliente con una cuchara que se parece a

una muleta y deja unos botones de nácar para el 

barquero.

Tú mí me contigo, yo mí te consigo, té con limón

a la orilla de la ceniza.

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